En la tarde fuimos el vagabundo, el poeta y yo, al hospital. Una vez dentro del tercer piso, el vagabundo visitó a su familiar, el poeta se fue a pasear por los otros pisos, y yo me quedé en la sala de espera leyendo un libro de Ezra Pound que el poeta me prestó. Apenas pude leer un par de páginas.Me quedé pensando otra vez en el futuro, cuando de repente, un anciano de gran barba gris se me acercó.
-He venido para decirle que la conexión que usted ha logrado con Horacio es tan insignificante, que lo más probable es que se muera mañana o pasado.
-Pero yo lo veo muy bien de salud.
-A usted también lo veo bien de salud. Pero si se diera cuenta que el aire ya no existe, ¿cómo se sentiría en unas horas?
Dijo esa última línea y se marchó. Cuando volví a casa, Horacio estaba jugando con soldaditos de plomo, sentado en su cama. Encima de la mesa habían varios papeles. Andrea me contó que había estado enseñándole el abecedario. También que ya dibujaba figuras geométricas.
Me sentí orgulloso por un buen rato. Orgulloso y culpable.


1 comment:
y luego?
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